La semana pasada vino un conocido mío, quien se dedica a dar seminarios en Rusia y en varias partes del mundo.

Su nombre es Vitali Igorovich, un monje ortodoxo que vive en un monasterio en las planicies de Siberia.

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Es común entre los sacerdotes ucranianos y rusos el vivir, o más bien formar, comunidades de monjes quienes viven del auto sustento.

Generalmente, estos monasterios se encuentran fuera de las ciudades grandes y tapizan los campos con sus domos, que parecieran ser formas de cebollas; sin embargo, están construidos inspirados en los cascos de los antiguos guerreros eslavos de Alexander Nevsky.

Los monasterios tienen por lo general una pequeña “Dacha” o granja con gallinas, conejos, patos, vacas, ovejas y perros de pastoreo. Además cultivan muchos tipos de vegetales, como lechuga, tomate, zanahoria, patata y otros más, de los cuales hacen unas deliciosas sopas.

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Aquellos monjes ortodoxos, a diferencia de los  sacerdotes católicos o pastores protestantes, se dejan crecer el pelo hasta los hombros y la barba muchas veces hasta el pecho, lo que a muchos los hace tener un parecido con Jesús.

Uno de esos monjes, como ya lo habíamos mencionado, se llama Vitali, quien además de tener habilidades de curación enseña a las personas a deshacerse de la preocupación y de los miedos que por lo general persiguen al ser humano.

Se trata de un tipo de estoicismo parecido al que el emperador Marco Aurelio(121-180) describe en su libro“ Las Meditaciones”.

Vitali enseña a destruir nuestros temores enfrentándoles y mediante un fuerte desapego del mundo,  a estar en paz con la idea hasta de la muerte misma. Enseña a tener un balance entre el mundo del espíritu y la dimensión terrenal, para de este modo no descuidar este mundo pero tampoco el otro.

Nos enseña también a respetar la inocencia de todos aquellos que todavía la tienen y a cuidar nuestro lenguaje para con los niños. Con esto el busca llegar a transformarnos en lo que él llama “El Nuevo Ser”, alguien que tiene más en común con un ángel que con el hombre promedio.

Yo ya lo había escuchado antes, en la ciudad de nueva Siberia, cerca de los montes Urales que dividen a Asia con Europa, y  su tesis me pareció fantástica.

Como parte de su peregrinación mundial decidió venir a México, por lo que me contactó para pedirme que le ayudara con la logística de sus seminarios; por supuesto, acepté con gusto.

Lo primero que hice fue buscar un lugar donde las personas pudieran estar cómodas y en paz.

Una vez conseguido esto,  busqué a alguien que me pudiera proveer con café, té y una mesa buffet, por lo que contacté a la empresa Café Diletto, que maneja un servicio llamado box lunch D.F. y resultó excelente.

Finalmente, conseguí un valet parking para evitarle a todos los invitados el martirio del parquímetro.

Fue un gran evento y atrajo a creyentes y laicos por igual, lo que le dio mucho gusto al monje Vitali.